Me alimento del frío,
de lo oscuro que está entre las paredes.
De las narices sin bufandas.
Me escondo ante el silencio
Entre el silencio.
En la repetición me interno, entre sus hojas,
de las plantas húmedas, de hojas largas y en punta. Piso la tierra, algunas flores. Piso las flores y emergen allá a lo lejos.
Me alimento del frío, del silencio, del temor. A ser algo. Porque acá es imposible.
Lo imposible. Las flores emergen, como emergieron los conejos alguna vez, y yo escucho el fuego, el calor, agazapado entre las hojas lentas de la quietud.
Las gotas que pasan de a poquito por entre las plantas.
El formato, es nuevo.
Me desmiembro.
Entre lo oscuro y lo verde. Las nubes y lo negro. Entre la luna y la resolana de la conversación, entre las plantas.
Con envión y fuerza, me quedo quieto. A la espera, de estar agazapado. Solo inmóvil. Sólo, inmóvil. Me entretengo con mis palabras, vivo de mi lejanía. En mis árboles pequeños, en el claro, mirando al sudeste.
Nadie captará una palabra. Miro por entre las fibras de las hojas, porque sé, que hay alguien, por ahí. Y no es nada. No existe.
Me incomoda, que se vaya. Pero no es nada, no existe. Me alimento de su miedo. Me regodeo en los tres pinos que se ven a lo lejos; sé que existo. Con inercia me quedo quieto.
Lento. Contenido. Fuerte.
Por hablar.
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