escribir un cuento

Cuando había estado terminada la casa, tuvimos que pensar en otro techo.

O por lo menos en algo que solucione lo del árbol,
y en el desayuno se me escapó una idea eterna.
Preparó algo de café, y nos quedamos mirando los arboles de afuera. Y entre las ramas, terminó de cerrarse la idea, y así de cerrada, se evaporó pesada y concisa.

Y cuando habíamos plantado el árbol, ninguno de los dos pensó en sacarlo; desde hace un tiempo, no nos decimos las cosas que no pensamos. Las sabemos; nos sabemos bastante.
-Te esforzaste por aprender esos versos-.
Siempre le gustó la gente que se acuerda de las cosas, y desde que tenemos esta vista, se dedica a poner en la pared de al lado de la ventana, todos los versos que le gustaría saber de memoria, para soltarlos en una sola exhalación cuando esté lejos de algún libro. Tiene tres enteros, uno por la mitad, y otro que lo sabemos entre los dos.
Me dijo que la tengo presa con eso, pero que cuando duermo, se dedica a aprenderse mi parte, para salir en libertad. -Libertad in condicional-. Y ahí me dió otro beso.
¿El àrbol? nos lo encontramos, se ve que alguien lo abandonó en la puerta, -Y, ya no lo podrían mantener-

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