-Una lástima, me encantan los ensayos-
Hay una serpiente en una pantalla, yo espero a mi colectivo en la escuela municipal de boxeo, un enorme tinglado con unos baños y seis máquinas que se tragan las monedas. Hay dos grupos de sillas como si fuera a haber un espectáculo en algún momento, y mientras, sólo nos aturde la rockola y un borracho que patea las tragamonedas con un odio descordinado.
Afuera otra vez hace frío.
Me acerco a un costado y me siento al lado de alguien, creo que me va a hablar distinto y me sorprende con un perfecto castellano, le pregunto que escribe, me dice que sobre las ciudades, y los hogares; y que una ciudad es una casa y una casa es una ciudad es una casa es una ciudad.
Me dice que cree que no existe, que no encontró ningún cartelito con su nombre, abajo, en el barullo de la estación, en las manos de los empleados ocasionales, que buscan viajeros ocasionales. Me dice que ya no va a viajar ocasionalmente, que viajar es una casa es viajar es una casa es viajar.
Afuera se nubla de nuevo.
Falta un vidrio en una de las ventanas; reparo en él mientras se silencia la charla.
Me acuerdo de una frase, estar con peso en los lugares de paso.
Me respaldo en la pared. Todo en el lugar se calla.
Despierto dos veces seguidas y sigo a su lado:
me lee algo que no existe, me dice que cree que élla no existe, porque nunca vió su nombre escrito en ningún lado, y yo la intento distraer: un nombre no es una casa no es un nombre no es una casa.
Nos reímos suave; sin embargo el borracho nos mira veloz, y torpe, patea el piso desacomodando dos sillas.
Alguien las acomoda.
Entran dos chicas; tienen puestos los trajes de baile típicos. La escuela de boxeo, es un salón de usos múltiples: en dos horas empieza el ensayo.
Nuestros boletos coinciden:
nos vamos antes, no llegamos a verlo le digo.
Una lástima, me encantan los ensayos.
Las máquinas cantan en orden aleatorio, esperan que alguien se decida por alguna canción.
Pienso muy silencioso, y capaz solo sueño:
Estaría bien viajar juntos, yo no me acuerdo mi nombre pero sé escribir, le digo. Ella me sonríe silenciosa (para que no nos descubran extranjeros, encontrándonos enormes en lugares intermedios, sin nombrarnos).
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