El olvido, o Tus botas rojas

Acaricio a tu gato mientras no te das cuenta que estoy.
Entro por la ventana, y ni pienso en ir a buscarte.
Flotante. Mudándote constante. Intentaré mantenerme al margen y no derramar tinta a tus costados

Mientras tanto, claro, me quedo adentro. Es julio, y afuera la tormenta calló en forma de una neblina brutal que golpea y esconde los monumentos de la ciudad vieja.
Los antimonumentos que pueden llegar a hablar de nosotros. 
Las explanadas que se eternizan verticales en el vapor frío,
y las plantas con espinas, traídas de la plaza de un pueblo porque tenían su propio temporal.

Admiro tu hamaca mientras dormís, vaya uno a saber dónde.
Me doy permiso para extrañar; me doy el lujo de olvidarte. Te doy silencio, que es lo más grande que tengo.
Y salgo a la llovizna, a mi caminata constante y ligera, a mi noche sin pedestales llena de luces que parpadean.

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