El barro hasta las rodillas, mientras pedaleamos de celeste, de marrón; perdiendo algunas de las flores que ganamos, enganchadas en las ruedas, enredadas en los cordones de los zapatos ayer rojos.
Te distinguí, clara y distinta.
Revolviendo mi estantería supuse que tus libros estarían ordenados. coincidimos algunos títulos:
El sueño nunca compartido de una casa en el delta, de un pozo mágico.
Yo sé que tenes veinticinco frutales, y que te sobran los mirlos. no hay que perder el tiempo, engañándonos con el patio seco, el cenicero oscuro.
no niegues la puerta del costado; podríamos tardar muchísimo menos; y todo porque se vuelven confusas las sombras de la parra, por temerle al tigre-antiguedad.
Allá atrás del tubo hay un bosque.
no vamos a hablar más de la naturaleza.
nos vamos a internar.
en el metafísico ministerio del interior.
en la milicia de la contemplación.
llenaremos de amenazas al cemento.
desde los procesos internos,
desde los órganos intermedios,
de los ruidos íntimos del estar incómodos.
el latir de tu piel, apoyada sobre la hamaca paraguaya,
el latir de tu vestido sobre mi mano.
la militancia de los tejidos hacia el entramado de tu voz.
dar una batalla contra el estado de angustia.
apagar la luz por los insectos.
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