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Estábamos nadando, más allá del Río Das mortes, atravesando el codo.
Se acercaron los espíritus danzantes, y dieron un show de luces mientras llegaban chapoteando.
El otoño era un zorro distraído.
El otro sólo miraba.
Entonces, quiso fundarse, como si fuera una ciudad, o una banda de rock.
Se proclamó príncipe y se bautizó nativo. Príncipe nativo y hermoso, dueño de sus sismos que reina hasta donde termina el patio.

La niña, en otro codo del río ahora turquesa, quiso morir. Plantó nardos, los regó rápido y les dió sol falso. Tenía una cruz de madera, atada con una pestaña. Se la clavó en el pecho y pidió en un silencio muy bajito.

La menor empezó a hablar como si nada, recitaba poemas horribles y completos. algunos duraban día y medio y sólo paraba para pestañear. Quiso ser famosa, se consagró estrella, con cinco satélites y tres lunas. Su habitación encandilaba.

El río empezó a crecer. Ahora era rosa. Rosa turquesa. Turquesa rosa. Crecido. Enorme y consciente.

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