Los sin sentidos

Bailaban en la noche, como si se les fuera la vida en ello.
Entre el humo, y las coreografías, se olvidaban de la mañana. Salvo que no hayan dormido, siempre les era lo más ajeno. Comían como si fuera la última vez, digo, la primera, y ponían películas clásicas en mute con discos desconocidos. Los encontraron en un puente; abrazados al mediodía. ¿Que hacen acá? ¿Vos sos de acá? mejor no escapar. Quizás llegamos acá porque...
Quizás llegamos acá porque...

En la noche, se les iban las lunas y los signos, es el sacro oficio decía él. Escucha los mirlos nocturnos decía ella. Y todos reían; todos, digo, nadie.  La luna del reflejo. Escabiados al mango, aunque durmieran; eran los últimos orejones del tarro. Los sin amigos de la secundaria. Que hermosos que eran. Los sin amigos. Los sin pinturas. Dijiste orejones. ¿Yo?. Reían los sin promesas.

Tenían trabajos, eso sí. y eso no, claro, porque, claro, que importa, tenían un perro también, y un departamento por algún barrio. Los amantes de la luna llena, para los vecinos. Los perdidos, para los vecinos.
La luna nueva. la luna llena, el cuarto creciente. La música por los parlantes, y ese chispazo de poesía argentino, que les daba energía por algunos días. Están los que miran la tele, están los que comen siempre; están ellos también. En la costanera de un río raro. El exilio. Les encantaba la idea. No entienden los ingredientes de las comidas, no tienen un mango y les encanta la idea. Es verano. Tienen un gato, y un departamento, por algún barrio y no precisamente porteño, los dos extrañan (otros amores). Nada es más importante, que esta comida en cartón, llamar al delivery, porque hace mucho que no comían con Marcel, porque hace mucho que no pedían comida. Marcelo era el pibe del silencio, el del puerto, el que les había dicho hola en castellano. Vaya pibe.
Vaya época, la de los sin promesas.